Insatisfacción y angustia

“Receta fácil”: crece la venta de psicofármacos en el país y conseguirlos es sencillo

 

Advierten que son prescriptos no sólo por psiquiátras, sino también por médicos de otras especialidades. Y crece el mercado ilegal. La opinión de expertos.

JAVIER FIRPO

En los últimos años el consumo de ansiolíticos ha subido notoriamente en la Argentina. Pastillas para dormir, para superar traumas, para controlar ansiedades, ataques de pánico y para maquillar tristezas...

Hoy unos 9 millones de argentinos consumen psicofármacos (clonazepam, alprazolam, lorazepam y diazepam), según cifras del sector. Lo hacen con la ilusión de combatir la depresión, la ansiedad y la angustia, temidos cucos de este siglo XXI. Los compran vía receta archivada, como corresponde, pero también está el mercado negro, que estiman en un 15 por ciento y en el que su caballito de batalla es Internet. Pero también los venden algunos kioscos, supermercados chinos y ferias.

Días atrás, en Mercado Libre un usuario ofrecía: “Vendo pastillas de Alplax tras fin de tratamiento”, que terminó siendo borrado por quien controla lo que se publica. Y un consumidor de clonazepam admitió a Clarín haber comprado “varias veces” por Amazon.

Según el Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos (SAFYB), el consumo de psicofármacos subió el 40 por ciento desde 2013 hasta la actualidad. Hace cinco años se compraban 89 millones de unidades y este año rondará los 130 millones. A la vez, desde la Confederación Farmacéutica Argentina (COFA) aseguran que en el último lustro hubo una suba, pero del 10%, y se calcula que en 2018 la venta trepará a 40 millones.

Las diferencias radican en que COFA sólo abarca farmacias a nivel nacional, mientras que SAFYB cubre obras sociales, laboratorios, clínicas privadas, hospitales, licitación directa y, además, hace un cálculo del ascendente tráfico en Internet, un segmento cada vez más insondable.

“El aumento del comercio ilegal, en espacios donde no hay control, se debe a los altos costos de los medicamentos en las farmacias. Se recurre cada vez más a Internet, a la venta callejera, sin medir los riesgos”, afirma Marcelo Peretta, titular de SAFYB, que no duda: “El argentino es muy pastillero, sin importarle el riesgo”.

La ANMAT tiene en la mira la venta ilegal de fármacos. “La creciente oferta de medicamentos por Internet preocupa a las autoridades sanitarias de todo el mundo debido a que, en esas circunstancias, no puede garantizarse debidamente la calidad de los productos”, advirtió la entidad.

Pero, ¿cómo funciona en Internet? “Por ejemplo googleás Rivotril y aparecen como veinte páginas que lo ofrecen. Comprás con la tarjeta y un delivery te lo lleva a tu casa como si fuera una grande de muzzarella”, revela Peretta.

Según los médicos y psiquiatras con los que se contactó Clarín, la mira está puesta -como sea- en la píldora salvadora, lo que expone crudamente la complejidad de una época, muy cuesta arriba laboral y económicamente. “Pertenecemos a una sociedad de ansiosos y preocupados. Hay una sensación de frustración muy fuerte en nuestra gente”, es el pensamiento general.

Para la psiquiatra María Teresa Calabrese “estamos inmersos en una cultura que quiere la solución inmediata de los problemas. Y lo que noto con preocupación en estos últimos años es que se medicalizan los sentimientos. ¿Cómo? Que la gente quiere un calmante rápido y no averiguar por qué está triste”.

El médico José Eduardo Tesone también cuestiona el uso masivo de psicofármacos como respuesta a un pedido de solución milagrosa. “La persona no busca más solucionar sus conflictos, sino suprimir los síntomas, y el médico actúa de espejo ante el requerimiento del paciente. ¿Por qué? Por una cuestión de facilismo, por no querer perder el tiempo”. Docente de la Universidad París XII, Tesone sostiene que “la angustia es el malestar que psiquiatras y psicólogos tratamos por excelencia. Pero a la angustia hay que elaborarla y desmenuzarla para ir al hueso; sin embargo, la mayoría de pacientes y médicos prefieren no perder tiempo. Si yo prescribo un ansiolítico, estaría jugando al avestruz con el paciente, minimizando el trabajo de averiguar cuál es la problemática de fondo".

Calabrese y Tesone observan que muchos psiquiatras, pero también médicos clínicos y traumatólogos “prescriben con facilidad psicofármacos para calmar la demanda, pero hay pocos realmente formados. Los recién recibidos piensan que están en condiciones de atender y medicar, y no es así. Es una profesión que necesita mucha capacitación porque está comprometida la salud mental”. Avala la psiquiatra Elsa Wolfberg, que acota: “Sólo el 5% de las indicaciones de psicofármacos las hacen los psiquiatras. El resto surge de clínicos, traumatólogos y ginecólogos y, también, muchos pacientes se automedican”.

Presidente de la Asociación de Psiquiatras de Argentina, a Juan Cristóbal Tenconi no le extraña el elevado consumo de ansiolíticos. “Se los toma como si fueran caramelitos y esto tiene que ver con una cierta naturalización y facilitación. O un amigo que consigue la receta o el farmacéutico que hace el favor, o hasta el clínico que te allana el camino. Acá te dicen medio en broma medio en serio clavate un rivo y listo. No es joda”.

Tenconi es de los que busca sonsacarle al paciente los motivos de su malestar, angustia o insomnio. “Pero sucede que a muchos les molesta indagar, porque lleva tiempo y dedicación, por lo que piden directamente la medicación. Ahí es cuando el profesional debe mantenerse fuerte”.

Asiente Tesone, que redobla la apuesta: "Muchos pacientes no desean rever sus vidas y sus relaciones, porque quizás, verse las caras con esos vínculos pueden provocarles temor y angustia. Entonces piden psicofármacos para decapitar el síntoma, sin saber realmente si es la mejor opción".

¿Cómo se percibe a un profesional inexperto? "Cuando un paciente se autodenomina 'deprimido' e inmediatamente se le receta un antidepresivo. Error: no está deprimido en la mayoría de las veces, lo que tiene es tristeza y la tristeza se cura sola cuando el propio paciente se conecta con la emoción y no taponarla con medicación", concuerdan.

Son tiempos en los que se exacerba la intolerancia a la frustración, ​por eso la Argentina se ha transformado “en una sociedad que medica los sentimientos”, coinciden especialistas.

El psiquiatra Oscar Paulucci habla de “ayuda secundaria” para referirse a los ansiolíticos, “pero que no resuelven la problemática del sujeto, que puede estar atrapado en una angustia desbordante o una depresión severa. El medicamento actúa colaborando con lo que es lo primordial, que es encarar de un modo menos padeciente las formas sintomáticas de su malestar”. Para Paulucci “hay que saber diferenciar lo que es el alivio inmediato de la resolución profunda del problema. El psicofármaco es sólo un atajo para alcanzar la calma, nada más”.

Wolfberg hace saber que receta psicofármacos “sólo cuando la persona no está pudiendo pensar, entonces la prescribo para que recupere su capacidad reflexiva y pueda seguir la psicoterapia”.

Todos los consultados reflexionan que no hay que demonizar a los psicofármacos, que pueden resultar de mucha utilidad en algunos cuadros complejos. "No son ni Dios ni el diablo. Sólo hay que pensarlos como un coadyuvante útil en la historia de la psiquiatría para ayudar en ciertas situaciones particulares", puntualiza Paulucci.

Los entrevistados no vacilan en que prima la inmediatez y hay menor capacidad reflexiva. Tampoco se buscan hacen replanteos más profundos. "Y cuando la angustia no se la logra controlar ni tampoco se la trabaja, es el cuerpo el que paga el disgusto", bajan el telón.

Testimonio: "Ningún psiquiatra te habla de los efectos secundarios del síndrome de abstinencia"

​Una de las mayores contraindicaciones de consumir ansiolíticos es que puede generar un hábito. "La dependencia puede producir adicción y, luego, lo que se llama tolerancia, que es cuando se necesita más dosis para producir el mismo efecto", explica el doctor Tesone. 

¿Cómo se calma el síndrome de abstinencia? "Es sencillo. Hay que ser riguroso y cuidadoso cuando se van bajando las dosis, y cambiar la medicación bajándola. Hay muchos recursos para que no se produzca o sea lo más leve posible. Es una responsabilidad de doble vía, no exclusivamente del profesional", responde la doctora Calabrese cuando se le cuenta que hay pacientes que les echan la culpa por la facilidad a la hora de prescribir un psicofármaco.

¿Cómo evitar la temida dependencia? "Por un lado es vital advertir sobre los riesgos de la automedicación, por otro, todo tratamiento psicofarmacológico debe estar guiado por un profesional habilitado para tal fin", remarca Paulucci, quien trabaja bajo la premisa de la deshabituación de los medicamentos. "Estoy de acuerdo que en los momentos agudos se pueda necesitar una ayuda, pero a medida que se vayan resolviendo los conflictos, el consumo de psicofármacos debe reducirse".

Eliana Horawa, de 36 años, casada hace dos, está despidiendo los últimos estertores de una abstinencia que la zamarreó luego de consumir clonazepam y lorazepam, "recetados por psiquiatras", aclara. "Más allá de lo que cada uno diga, hay algo objetivo, empírico: ningún psiquiatra te habla de los efectos secundarios de la medicación. Que no se diga, y que además se niegue, es algo grave".

Horawa, que vive en Barrio Norte, es contundente: "Un psiquiatra es un ser humano, falible e imperfecto, pero ellos se creen los dueños de la verdad y el sistema nos impone a creer en eso: ante cualquier duda, consulte a su médico", ironiza. 

Mastica bronca Eliana al darse cuenta de que no era consciente de la dependencia hasta que empezó a tener problemas para dormir. "Tomé clonazepam de 1 mg durante diez años y cuando lo dejé fue una locura. ¿Síntomas? Insomnio muy severo, ataques de pánico, ansiedad, pensamientos obsesivos, recuerdos intrusivos, depresión, problemas musculares, mareos, sensaciones de calor extremo, de falta de aire, ataques de alergia... ¿Sigo?".

Técnica en dirección de cine, Eliana cuenta que no trabaja porque aún sufre leves episodios de insomnio, ansiedad y depresión. Ella siente que la psiquiatría es un gran negocio, "que prospera ante la desesperación del otro, como fue mi caso. En mi caso la medicación tapó síntomas, solamente, no me curó. Y lamento haber sido tan frágil de haber recurrido en tres etapas de mi vida a buscar la solución en una pastilla, cuando hoy, a la distancia, advierto que no era lo indicado. Pero la desesperación me llevó al consumo".

Horawa empezó con los ansiolíticos en 2007 por problemas de sueño y concluyó en mayo de 2017, sin apoyo psicológico y sin saber cuánto durarían los síntomas. "En agosto volví a tomar cada dos o tres días durante un mes y medio, hasta octubre de 2017, cuando dejé fue cold turkey, o sea, de una, sin reducción y empeorando todos los síntomas que no se habían ido

Eliana agradece el apoyo incondicional de su marido ruso, quien sin entender bien los motivos de los altibajos de su mujer estuvo siempre a su lado. "Durante el síndrome de abstinencia hacer cosas, sentirse mejor, distraerse, dormir, no tener algún de padecimiento físico no es posible. No podés escaparte de eso, el tiempo cuando no dormís es eterno".

Y socialmente es complicado, cuenta Eliana. "Te aislás mucho porque te sentís mal y porque es muy difícil que tus amigos te entiendan si nunca pasaron por algo similiar. A mí, cada vez que se lo conté a alguien, me recomendaban muchas alternativas naturales para inducir el sueño, desconociendo todo el aspecto no volitivo que tiene la cuestión".

Finalmente, remarca lo estigmatizante que es ser un paciente psiquiátrico. "Ser etiquetado así te hace perder credibilidad ante los demás. Y qué mejor que aislar o desacreditar a una persona que a través de la supuesta locura. Al loco no se le cree y se lo aparta, se lo anula. Por eso muchos pacientes prefieren no dar su testimonio".

Clarín - 03/12/18

 

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Carta a Clarín: Reflexión de la Academia de Ética en Medicina

 

La Academia Argentina de Ética en Medicina desea saludar en su día a todos los médicos que ejercen con dignidad nuestra profesión y formular algunas reflexiones. La ruptura de paradigmas tradicionales y el surgimiento de otros producen cambios, pero también incertidumbre y crisis. La legitimidad de un nuevo orden médico más ajustado a la realidad de nuestros días se impone, sin abdicar de los principios éticos que rigen la profesión. Somos conscientes de que se necesita una medicina eficiente a la que todos puedan tener acceso. Abogamos por el “derecho” a la salud, no a la “caridad” en salud, y los Estados, las sociedades, los ciudadanos no pueden desentenderse. El médico es un agente que promueve la salud de la población, sin distinciones de naturaleza alguna.

El actual giro económico y financiero, globalizado, también ha comprometido la asistencia médica en todos sus aspectos y vertientes. Y en un clima de relativismo conformista, neutralidad de valores y pérdida de confianza, se promueve una insensible desigualdad y exclusión, alimentando un malestar justificado. El modo que tenemos de entender la medicina y de ejercerla puede colisionar con aquellos para quienes su norte es sólo el lucro. La asistencia médica de los seres vulnerables y los ya vulnerados fue, ha sido y es un imperativo moral. El acceso a la intimidad del enfermo nos pone frente a la dignidad del mismo. Por más avances tecnológicos que haya, la relación médico-paciente no podrá ser sustituida, pues, sería ignorar el factor humano, ya que pacientes y médicos no somos máquinas, robots o algoritmos. Ejercer la medicina responsablemente implica conocer la naturaleza humana. La vida y la medicina tienen sus límites, de allí el aforismo que sirvió de epitafio a un ilustre colega: “Curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre”.

Prof. Dr. Florentino Sanguinetti (vicepresidente) y Prof. Dr. Roberto M. Cataldi Amatriain (presidente) 

acadetica@hotmail.com

 

Clarín - 03/12/18

 

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La frustración en primera persona

Una ley que “excluye y desacredita a los profesionales de enfermería

 

Desde 1960, la carrera de enfermería se cursa a nivel universitario. Hoy, estudiar cinco años la licenciatura universitaria los convierte en personal técnico-administrativo.

Hace pocos días disfruté de la enorme felicidad que representó mi graduación como enfermera profesional en la Universidad Austral. Estudié mucho durante tres años, gané una beca por mérito académico y asisto diariamente a la Universidad porque quiero ser la mejor enfermera. Me sigo capacitando en la misma Universidad, donde completaré casi 5 años de estudio de nivel universitario para lograr mi Licenciatura Universitaria en Enfermería. Otros colegas cursan la misma carrera con el mismo esfuerzo, en la UBA, el Hospital Alemán, el CEMIC, la Universidad Favaloro, el Hospital Británico, por sólo mencionar algunas instituciones universitarias. Desde 1960, la carrera de enfermería se cursa a nivel universitario, desde hace 58 años. Y, desde 2013, el título de Licenciatura en Enfermería fue incluido en el régimen del artículo 43 de la ley de Educación Superior, lo que derivó en la unificación de los contenidos curriculares a nivel nacional por el Ministerio de Educación, a fin de homogeneizarlos y avanzar en la profesionalización de la función.

Sin embargo, la Legislatura porteña aprobó y convirtió en ley el nuevo marco normativo aplicable a las relaciones entre la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y los profesionales de su Sistema Público de Salud, y quedamos excluidos los profesionales de Enfermería. Necesito repetirlo en forma sencilla porque de tan incoherente, duele: en la nueva ley, la Legislatura porteña no considera personal del área de la Salud a los enfermeros y enfermeras. Para la nueva ley somos personal administrativo. Esto no sólo desacredita nuestra profesión, sino que nos excluye de la posibilidad de concursar legítimamente por cargos, capacitarnos dentro de nuestro ámbito laboral, acceder a remuneración acorde a un profesional del área de la Salud, entre otras limitaciones que marca esta exclusión. No entendemos. Nos angustia y frustra mucho. ¿Puede alguien imaginar un centro de salud sin enfermeras o enfermeros? Nadie. Sin embargo, los legisladores de la Ciudad de Buenos Aires lo han hecho.

Hay emergencia nacional de profesionales de enfermería, y hace poco se promocionó el tema en muchos medios. Se supone que se trabaja para fomentar el ingreso a la carrera. Me pregunto, ¿así es como piensan hacerlo? Ante este nuevo escenario normativo, ¿qué joven elegiría una licenciatura universitaria en enfermería de cinco años de duración para luego ser excluido del área de Salud? Los enfermeros, al graduarnos somos reconocidos como profesionales. Pero con esta nueva ley, si somos empleados por el Gobierno de la Ciudad, no se nos reconoce ese estatus. Trabajamos codo a codo con diferentes profesionales formando equipos multidisciplinarios para poder brindar el mejor cuidado de calidad a los pacientes. Los profesionales de enfermería alcanzan niveles de especialización altísimos, trabajan en áreas de alta complejidad. Se capacitan en forma continua. Se esfuerzan para realizar maestrías robando tiempo al tiempo entre largos turnos de trabajo. Pero aunque una ley incoherente diga lo contrario, soy profesional del área de Salud. Ejerceré mi profesión con entrega, profesionalismo y amor, como lo soñé desde el primer día de mi carrera.

Una enfermera lava el pelo de un paciente que no puede moverse de su cama y en cada movimiento de sus dedos calma y acompaña. Una enfermera acaricia la frente de un enfermo en Cuidados Paliativos y lo acompaña en su extremo dolor físico para atenuarlo. Un enfermero ayuda a un paciente con sus necesidades fisiológicas básicas tratando que, aún en una situación tan penosa, el paciente no pierda su dignidad. Todo esto nos enseña la universidad y, como me dijeron una vez, llevamos dentro del corazón la voluntad de “vivir para hacer vivir”. Los profesionales de enfermería vemos la enfermedad y la muerte a diario y también celebramos el milagro de la vida y la recuperación.

Los legisladores que votaron esta ley parece que suponen que -cuando transiten el país de la enfermedad- sólo serán atendidos por personal administrativo. Somos profesionales universitarios del área de la Salud. Nosotros cuidamos: esa es nuestra principal tarea. Ahora necesitamos que los legisladores nos cuiden para que podamos ejercer nuestra profesión con dignidad y reconocimiento. Pedimos que se revea esta ley, y se corrija el error.

María Emilia Iglesias
emiliaiglesias97@gmail.com

 

EL COMENTARIO DEL EDITOR
Por César Dossi
La vocación y el esfuerzo con sueños truncos


María Emilia tiene 21 años, se recibió de enfermera profesional en 2017, se graduó el 5 de octubre pasado, y actualmente asiste a la Villa 31 de Retiro para dar apoyo escolar. Allí surgió la propuesta de armar el área de enfermería de un Centro de Recuperación de Adictos, pero no puede asumir esa responsabilidad hasta terminar su Licenciatura en Enfermería, a fines de 2019.

 

Contradicciones que atropellan los derechos de los que velan por la salud"

 

Así, cuando la vocación y el compromiso con la salud se ven involucrados; cuando el esfuerzo de años de estudio tambalean frente a la incertidumbre, la indignación y la frustración de la lectora abren las puertas de la desesperanza. Es que la Ley 6.035, aprobada por la Legislatura porteña “atenta contra la columna vertebral del Sistema de Salud”, señalaba el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y se alerta también que la Argentina tiene una de las tasas más bajas de enfermeros por habitante de la región: 4,24 cada 10.000. Ya en el año 2016, y para cubrir esa emergencia, el Gobierno lanzó el Programa Nacional de Formación de Enfermería (PRONAFE) para llegar a 250 mil enfermeros en el 2020, pero ese objetivo ya se perfila opaco frente a las contradicciones que atropellan los derechos de los que velan por la salud.

Florence Nightingale, la británica que en el siglo XX fue considerada la pionera de la enfermería profesional moderna y la fuente de inspiración de Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja, diría que la dignidad y reconocimiento que supieron conseguir y que forjaron durante todo un siglo en pos de la salud, fueron amputados en sólo un día,... sin anestesia y con pronóstico reservado.

Clarín - 03/12/18

 

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